Cuando la adversidad temprana aparece en casa: conductas que necesitan ser comprendidas

Jul 02, 2026Por La Sonrisa que Une
La Sonrisa que Une

¿Has reaccionado alguna vez con más intensidad de la que esperabas?

Quizá fue por un comentario, un cambio de planes, una espera, una sensación de pérdida de control o una situación que tocó algo que ya venías cargando de antes. Desde fuera, otra persona pudo ver solo la reacción. Por dentro, en cambio, había cansancio, tensión, miedo, inseguridad o una historia previa que hizo que ese momento pesara más.

Con algunos menores tutelados puede ocurrir algo parecido.

En los artículos anteriores hablamos de qué es la adversidad temprana y de por qué no siempre se ve desde fuera. En este tercer artículo damos un paso más: cómo esa historia puede aparecer en casa a través de conductas que, si se miran solo desde la superficie, pueden resultar difíciles de entender.

La conducta también comunica

Cuando un menor llega a una familia de acogida, su historia no queda separada de la vida cotidiana. Puede aparecer en las rutinas, en los cambios, en el sueño, en la comida, en la relación con los adultos o en la manera de responder ante un límite.

Son situaciones que, vistas desde fuera, pueden parecer pequeñas. Para un menor que ha vivido adversidad temprana, en cambio, pueden activar miedo, inseguridad, alerta o necesidad de control.

Por eso es importante recordar una idea básica:

Una conducta no explica por sí sola todo lo que está ocurriendo.

A veces vemos rabia, oposición, control, rechazo, dependencia o desbordamiento. Pero debajo puede haber miedo, cansancio emocional, dificultad para confiar o una historia previa que el menor todavía no sabe expresar con palabras.

Comprender esto no significa justificarlo todo. Significa mirar con más profundidad.

Rabietas que hablan de algo más

Las rabietas forman parte del desarrollo infantil. Pero en menores que han vivido adversidad temprana pueden tener una intensidad, una duración o una frecuencia que desconcierta mucho a las familias.

Pueden aparecer ante situaciones aparentemente pequeñas:

✔️ Un cambio de rutina.
✔️ Una espera.
✔️ Una negativa.
✔️ Una separación breve.
✔️ Una comida diferente.
✔️ Una visita.
✔️ Una transición de un lugar a otro.

Desde una mirada superficial, puede parecer una reacción exagerada. Pero para algunos menores esos momentos pueden sentirse como una pérdida de control o como una amenaza.

La rabia puede ser la parte visible de algo más profundo: miedo, frustración, inseguridad o dificultad para tolerar lo que está ocurriendo.

Por eso, en acogimiento familiar, la pregunta no debería quedarse solo en “¿por qué se porta así?”. También conviene preguntarse:

¿Qué puede estar sintiendo para necesitar reaccionar así?

La necesidad de control

Muchos menores que han vivido adversidad temprana han tenido muy poco control sobre aspectos esenciales de su vida: dónde vivir, con quién quedarse, cuándo separarse de personas importantes o qué cambios atravesar.

Por eso, en la vida diaria, pueden intentar controlar aquello que sí está a su alcance:

✔️ La comida.
✔️ La ropa.
✔️ Los horarios.
✔️ Los objetos.
✔️ Los desplazamientos.
✔️ Las rutinas.
✔️ La atención del adulto.

Esta necesidad de control puede resultar agotadora para la familia acogedora y generar conflictos frecuentes. Pero conviene entender que, en algunos casos, controlar no es solo desafiar.

Puede ser una forma de sentirse a salvo.

Cuando el menor controla algo, quizá siente que el mundo es un poco menos imprevisible.

El rechazo al adulto

Una de las experiencias más difíciles para muchas familias acogedoras es ofrecer cuidado y recibir rechazo.

El adulto se acerca y el menor se aparta. Intenta consolar y recibe una respuesta brusca. Quiere crear vínculo y se encuentra con distancia, indiferencia o enfado.

Esto puede doler. También puede hacer que la familia se pregunte si está haciendo algo mal.

Pero en menores que han vivido experiencias tempranas de inseguridad, el vínculo puede generar ambivalencia. Necesitan al adulto, pero acercarse demasiado puede dar miedo. Necesitan cuidado, pero confiar puede hacerles sentirse vulnerables.

El rechazo no siempre significa falta de afecto. A veces puede ser una forma de protección.

Algunos menores necesitan comprobar muchas veces si el adulto permanece incluso cuando ellos se apartan, se enfadan o no saben responder al cariño de la forma que esperamos.

La búsqueda intensa de contacto

También puede ocurrir lo contrario.

Hay menores que buscan contacto de forma constante. Necesitan estar cerca, tocar, preguntar, comprobar, llamar, seguir al adulto por la casa o reclamar atención una y otra vez.

Desde fuera, puede interpretarse como dependencia excesiva, demanda continua o dificultad para entretenerse solos. Sin embargo, esa búsqueda intensa puede estar relacionada con una pregunta interna muy profunda:

¿Sigues ahí?

Para algunos menores, la presencia del adulto necesita comprobarse muchas veces. La seguridad todavía no está integrada por dentro y necesita confirmarse desde fuera.

Esto puede ser especialmente visible en bebés y menores muy pequeños, aunque no puedan explicarlo con palabras.

La dificultad con los cambios

Los cambios cotidianos pueden activar respuestas intensas.

Un plan que se modifica, una persona nueva, una educadora que cambia, una visita inesperada, un trayecto diferente o una rutina que se altera pueden parecer situaciones manejables para un adulto.

Para un menor que ha vivido inestabilidad, en cambio, pueden sentirse como señales de peligro.

Su reacción quizá no responde solo al cambio actual, sino a lo que los cambios han significado antes en su historia.

Por eso algunos menores necesitan mucha anticipación. No porque sean rígidos sin motivo, sino porque la previsibilidad les ayuda a organizarse por dentro.

Conductas regresivas

La adversidad temprana también puede aparecer en forma de regresiones.

Un menor que ya controlaba esfínteres puede volver a tener escapes. Un menor que dormía solo puede necesitar de nuevo presencia. Puede pedir ayuda para cosas que antes hacía solo, hablar como más pequeño, mostrarse más dependiente o perder temporalmente habilidades que parecían adquiridas.

Estas regresiones pueden preocupar a las familias, pero no siempre indican un retroceso real. A veces son una forma de expresar necesidad.

Pueden aparecer en momentos de cambio, estrés, visitas, separaciones, procesos judiciales, incorporación escolar o llegada a una nueva familia.

El menor quizá no pueda decir: “esto me supera”.  Pero su conducta puede estar diciendo: “necesito más sostén”.

Leer la conducta sin reducir al menor

Hablar de estas conductas exige cuidado.

El objetivo no es etiquetar a los menores tutelados ni mirar todo lo que hacen desde la herida. El objetivo es ampliar la mirada.

Un menor es mucho más que sus conductas. También es su carácter, sus gustos, sus capacidades, sus vínculos, su alegría, su curiosidad, su forma de jugar, su sentido del humor y todo lo que puede llegar a desplegar cuando se siente suficientemente acompañado.

Pero cuando una conducta se repite, se intensifica o desconcierta mucho, puede ser útil preguntarse qué está comunicando.

No para justificarla sin más, ni dejar al menor sin límites.

Sino para evitar respuestas que solo corrijan la superficie y dejen intacta la necesidad que hay debajo.

Comprender cambia la mirada

Cuando una familia acogedora entiende que algunas conductas pueden estar relacionadas con la adversidad temprana, algo cambia.

La rabieta deja de verse solo como un problema de conducta. El control deja de interpretarse únicamente como desafío. El rechazo puede entenderse como miedo al vínculo. La demanda constante puede leerse como necesidad de comprobar presencia. La regresión puede mirarse como una petición de sostén.

Esa comprensión no elimina las dificultades, pero ayuda a responder con más conciencia.

Y, sobre todo, evita que el menor quede reducido a frases como “es muy difícil”, “lo hace para llamar la atención” o “quiere salirse con la suya”.

A veces, detrás de una conducta difícil, hay una historia que todavía no ha encontrado una forma más tranquila de expresarse.

Seguiremos hablando de adversidad temprana

Este artículo forma parte de una serie sobre adversidad temprana y acogimiento familiar.

En el blog ya puedes leer los artículos anteriores, “Adversidad temprana en menores tutelados” y “La adversidad no siempre se ve desde fuera”. En la próxima publicación profundizaremos en cómo pueden acompañar mejor las familias acogedoras estas conductas, con una mirada comprensiva, límites claros y presencia adulta.

También puedes encontrar en nuestro blog otros artículos sobre acogimiento familiar, infancia tutelada, derechos de los menores y vínculos seguros.

Referencias consultadas

Ministerio de Sanidad / Junta de Andalucía. Detección y abordaje de las Experiencias Adversas en la Infancia. Enfoque intersectorial para profesionales sanitarios. 2024.
Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero, de Protección Jurídica del Menor.
Barudy, J. y Dantagnan, M. Los buenos tratos a la infancia. Parentalidad, apego y resiliencia. Gedisa.
Benito Moraga, R. La regulación emocional. Bases neurobiológicas y desarrollo en la infancia y adolescencia. El Hilo Ediciones.
Múgica Flores, J. J. Publicaciones y materiales sobre acogimiento familiar, adopción, apego, trauma y reparación desde el programa ADOPTIA.